Lo que una pista de tenis puede enseñarnos sobre las empresas, las decisiones y las segundas oportunidades.
Hay una cosa que el tenis enseña bastante pronto y que algunos empresarios tardan toda una vida en comprender: cuando la pelota viene hacia ti, da igual lo que hubieras preferido que sucediese. Hay que golpearla.
Puedes protestar por el bote, maldecir el viento o mirar al cielo buscando explicaciones. Y, mientras decides a quién echarle la culpa, probablemente ya has perdido el punto.
En los negocios sucede algo parecido. Solo que allí las pelotas suelen venir disfrazadas de facturas, bancos, empleados, clientes y decisiones que nadie quiere tomar.
Llevo más de veinte años trabajando con empresas. He visto negocios magníficos hundirse por decisiones lamentables y negocios mediocres sobrevivir gracias a una virtud bastante menos espectacular que el talento: el sentido común.
También he visto empresarios capaces de discutir durante una hora el precio de un bolígrafo mientras ignoraban que su negocio perdía dinero cada vez que vendía.
Y no, no exagero demasiado.
El problema es que el sentido común no suele figurar en los balances. Ni aparece en las cuentas de resultados. Tampoco se enseña demasiado en las escuelas de negocios, donde a veces se utilizan palabras en inglés para explicar cosas que nuestros abuelos resolvían con una libreta y un lápiz.
En una pista de tenis, al menos, las cosas son más sinceras.
La pelota entra o sale (aunque en interclubes a veces puede haber puntos de Schrödinger :)).
El marcador no admite interpretaciones creativas.
Y el adversario tiene la desagradable costumbre de aprovechar tus errores.
En una empresa, por el contrario, uno puede pasar meses convencido de que está ganando un partido que, en realidad, perdió hace tiempo. Basta con confundir facturación con beneficio, beneficio con dinero en el banco y esperanza con estrategia.
Lo curioso es que seguimos admirando a quienes golpean más fuerte, tanto en el deporte como en los negocios. Al empresario que más factura. Al jugador que saca a doscientos kilómetros por hora. Al que presume de crecer, aunque nadie sepa muy bien hacia dónde.
Pocas veces preguntamos quién está ganando de verdad.
Y todavía menos quién será capaz de seguir jugando dentro de cinco años.
Quizá por eso siempre me ha interesado más la cabeza de un buen tenista que la potencia de su brazo. Y más la capacidad de decisión de un empresario que el tamaño de su despacho.
Porque los partidos importantes rara vez se resuelven como habíamos imaginado.
A veces basta con devolver una pelota más.
Otras hay que arriesgar.
Y, de vez en cuando, toca aceptar que la estrategia que te trajo hasta allí ya no sirve para continuar.
Cuando la vida te obliga a cambiar de estrategia
Hay algo que distingue al tenis de muchos otros deportes: no existe un reloj que anuncie cuándo se acaba el tiempo.
Puedes estar perdiendo por dos sets, cinco juegos a uno y tener una bola de partido en contra. Todo parece decidido. Tu adversario empieza a imaginar la victoria. El público recoge sus cosas. Y tú sabes que apenas te queda margen para equivocarte.
Pero todavía queda una pelota.
Y mientras quede una pelota, existe una posibilidad.
Eso no significa que vayas a ganar. El optimismo, por sí solo, no devuelve un saque a doscientos kilómetros por hora. Hay que moverse, colocar los pies, elegir el golpe y ejecutarlo.
En las empresas ocurre exactamente lo mismo.
Una caída de ventas, un problema de tesorería o una inversión equivocada pueden poner un negocio contra las cuerdas. Pero una situación difícil no equivale necesariamente a una derrota definitiva.
Lo importante es distinguir entre seguir luchando y seguir cometiendo los mismos errores.
Porque perseverar no consiste en golpear una y otra vez contra la red esperando que algún día desaparezca.
Consiste en aprender por qué estás fallando.
Y cambiar lo que sea necesario.
- A veces habrá que reducir costes.
- Otras, revisar los precios o abandonar una línea de negocio.
- O reconocer que aquello que funcionaba hace diez años ya no funciona.
No son decisiones agradables.
Tampoco lo es admitir que tu adversario está jugando mejor que tú.
Pero la realidad tiene una costumbre bastante incómoda: sigue existiendo aunque decidamos ignorarla.
Y cuanto antes la aceptemos, antes podremos hacer algo para cambiarla.
Tres caminos que terminaron encontrándose
Supongo que de tanto darle vueltas a estas cuestiones terminé haciendo algo que no figuraba en ningún plan de negocio: escribir una novela.
Y, como si no tuviera bastante con los números y las raquetas, decidí situarla en Santiago de Compostela.
Una ciudad donde las piedras llevan siglos guardando secretos, donde los caminos parecen terminar y comenzar al mismo tiempo y donde nunca conviene dar por hecho que todo es exactamente lo que parece.
La titulé El Revés Definitivo.
En ella hay un club deportivo que ha conocido tiempos mejores. Hay personas que intentan reconstruir algo que otros consideran perdido. Hay decisiones empresariales, ambiciones, lealtades y algún que otro secreto que habría sido más prudente dejar enterrado.
También hay errores.
De los que cuestan dinero.
De los que cuestan amistades.
Y de los que, a veces, obligan a una persona a preguntarse quién es realmente y qué está dispuesta a hacer para recuperar aquello que ha perdido.
Pero, por encima de todo, hay una pregunta que me ha acompañado durante años:
No voy a contar aquí la respuesta. Entre otras cosas, porque una novela que necesita explicarse antes de ser leída probablemente no ha hecho bien su trabajo.
Sí he querido, sin embargo, encontrar una manera poco habitual de abrir sus puertas. Una pequeña invitación para quienes tengan curiosidad por descubrir qué sucede cuando el tenis, las finanzas y los secretos de Santiago se cruzan en el mismo camino.
Hasta la última pelota
En el tenis puedes perder un punto. Un juego. Un set. Puedes equivocarte una y otra vez, ver cómo el marcador se vuelve en tu contra y escuchar a quienes ya te dan por derrotado.
Pero hay algo que ningún marcador puede arrebatarte mientras sigas en la pista.
La posibilidad de jugar el siguiente punto.
Eso sí, conviene no confundir la esperanza con la ingenuidad. Hay partidos que se pierden. Empresas que no pueden salvarse. Decisiones cuyas consecuencias no admiten marcha atrás.
Negarlo sería tan absurdo como pretender ganar un partido sin acertar una sola pelota.
Pero también hay derrotas que llegan mucho antes del último punto, cuando alguien decide que ya no merece la pena intentarlo.
Y hay remontadas que comienzan con algo tan insignificante como devolver una pelota que todos daban por perdida.
Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que he aprendido entre pistas de tenis y empresas.
Y quizá también sea una buena manera de explicar por qué decidí escribir El Revés Definitivo.
Porque, al final, no siempre gana quien golpea más fuerte.
A veces gana quien encuentra el valor para cambiar su manera de jugar.
José Manuel González Fortes
Director Financiero Externo · Autor de Finanzas Excelentes y El Revés Definitivo